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Arquitectura peruana

Un breve recorrido de la arquitectura peruana, desde lo preincaico hasta lo colonial.

Flavio Alvarez Tahays

4/21/20269 min read

Inicios de la arquitectura en Perú
La arquitectura en el Perú en sus inicios y en un pasado próximo pueden ser subdivididas en una en una serie de tres períodos, el periodo preinca, el inca y el colonial; tanto la arquitectura preinca como la incaica están enraizadas en una arquitectura del dominio de la tierra, piedra y armonía con la naturaleza.

De un artículo escrito para la semana de la arquitectura en Cuzco en 1959, el cual en su totalidad es una reseña histórica de la arquitectura peruana hecha con motivo de la inauguración de la Exposición de Arquitectura peruana en Cusco, Bryce escribe que “la historia de la arquitectura peruana hunde sus raíces en el pasado remoto y avanza, en el tiempo, a través de una serie de etapas, cubriendo el territorio de nuestro país con expresiones que son testimonios de una gran vitalidad y fuerza creadora.” (García Bryce et al., 2021, p.23)


Periodo preincaico
Por el lado del periodo preinca, este se desarrolló mucho más lejos de las fronteras actuales del Perú, siempre en su mayoría con la huella arquitectónica predominante de fortalezas, templos, palacios o tumbas, desarrollándose con estrategias adaptativas que fueron evolucionando con el tiempo y especializándose según los requerimientos de las diversas condiciones del terreno donde se decidían emplazar, como Héctor Velarde comenta en su libro Arquitectura Peruana la arquitectura preinca tenían las características de ser “racionalista, de poseer una verdad constructiva, un sentido profundo de la armonía con la naturaleza, ritmos pausados y serenidad de línea” (Velarde, 1978, p. 17).

Distintas culturas estuvieron dentro del periodo preinca, dentro de las muchas que fueron y siguen apareciendo tenemos culturas como la Chavín en el centro norte de los andes peruanos, los Nazca en el sur costeño, los Moche en la costa norte y a los Tiahuanaco en el altiplano del lago Titicaca entre muchas otras, dentro de esta última tenemos a La Puerta del Sol, gran monolito aparentemente ceremonial de 3 metros de alto y casi 4 de ancho el cual posee dos aspectos más destacables, por un lado en su frente, el cual está conformado por el vano rectangular que hace que este monolito tenga carácter de portada y un magnánimo friso que como quien hace una bella tapicería tiene esculpida en la piedra una serie de dibujos que comparten formas geométricas escalonadas que interpretan algo más que solo belleza; por otro lado el vano que hace de entrada está delimitado por dos grandes nichos que poseen dos pequeñas ventanas ciegas ubicadas a cada lado de forma simétrica, que visualmente hacen del enorme monolito menos pesado y más equilibrado. Haciendo este conjunto de características un monolito impregnado de fortaleza, sobriedad, exactitud y un aire de elegancia.

Además es en esta portada que pueden derivarse ciertos cuestionamientos, al observar las superficies lisas junto con la plasticidad del friso ya mencionado, observamos como este bordado en piedra del dios Huiracocha pareciera tener tintes de técnicas más antiguas, como si hubiese sido este engastado en barro, lo que puede dejar presuponer un palimpsesto cultural en los métodos constructivos llevados de la arcilla a la piedra. “En La Puerta del Sol hay un motivo ornamental que puede corroborar este punto con mayor elocuencia: se trata del signo escalonado que bordea, doble y lateralmente, la parte superior del vano.” (Velarde, 1978, p.38). Siendo así un eco petrificado de estructuras más antiguas, cuando los angostos dinteles de madera reposaban sobre muros de barro cuyo espesor se reducía gradualmente hasta igualar el grosor del soporte.

Lo escalonado, antes de ser símbolo o alegoría de los andes andinos y sus gradería, sería entonces el vestigio gráfico de una lógica constructiva primera, una solución nacida de la materia disponible y de la inteligencia de una civilización que convirtió la necesidad en forma y, más adelante, la forma en signo. Así, la geometría que ornamenta Tiahuanaco no sería únicamente contemplación simbólica, sino también la memoria endurecida de un saber arquitectónico ancestral.


La arquitectura preincaica ha regalado al bagaje cultural peruano formas básicas, volúmenes rítmicos inconfundibles, en donde el signo escalonado, torres cúbicas y cilíndricas las pirámides truncas entre otros son las bases, a veces ocultas, fundamentales de la arquitectura incaica y muchas otras formas posteriores. “ La tierra le dió así a los primeros arquitectos peruanos el sentido del volumen y de la forma; mientras que el tejido y bordado le dieron el sentido de la superficie y el adorno” (Velarde, 1978, p. 57)

Periodo incaico
Es en este periodo en donde el Inca era la divinidad todopoderosa y absoluta, con matices paternales y siempre autoritario, por lo que la arquitectura incaica fue la expresión directa de la misma grandeza que irradiaba su todopoderoso. Desde Cuzco, como la capital de este imperio, se desplegó el poder organizador con eficacia traducida en una arquitectura solemne, rigurosa y técnicamente impecable, este sello homogeneizó todo el territorio conquistado.

La piedra, entonces, dejó de ser un mero recurso constructivo para convertirse en símbolo del orden impuesto; y en ese despliegue organizador se fue perdiendo la frescura de lo originario y la libertad de lo diverso. Las policromías del barro y las texturas talladas de las antiguas piedras dieron paso al desnudo pétreo, ornado apenas por metales y tejidos suspendidos, marcando el tránsito inexorable de lo primitivo a lo clásico de una misma narrativa arquitectónica andina.

En Cusco, independientemente de todo su gran conjunto urbanístico, se destacan diversas expresiones arquitectónicas, entre muchas tenemos a Sacsayhuaman y el Coricancha o también llamado Templo del Sol; por un lado el primero está compuesto de bastiones enormes y murallas escalonadas en hileras, con varias construcciones donde aparentemente antes tres torres altas se erguían en esa cima.

Los muros inferiores, trazados en zigzag son extraordinarios por el tamaño de cada una de los monolitos esculpidos que la conforman. “La majestad panorámica de Sacsayhuaman está en relación con la grandiosidad de sus elementos estructurales (...) cada bloque está maravillosamente labrado y bombeado hacia afuera como para acentuar aún más la expresión de fuerza y poderío que se requiere” (Velarde, 1978, p.68).

Por otro lado el Coricancha, que en su traducción sería “cerco de oro”, se erigía en el centro de Cusco y era bautizado con ese nombre por la enorme cantidad de ese metal codiciado que dicen que guardaba. Aunque ahora “coronado” con una iglesia española, en su plataforma superior se disponían los claustros en torno a un patio central, cuyo recinto principal albergaba un gran disco de oro destinado a recibir los primeros rayos del amanecer.

A los lados se ubican los espacios dedicados a la Luna, las Estrellas, entre otros; dentro del conjunto en un espacio inferior se encontraban las habitaciones de los sacerdotes, y más abajo se alojaban los funcionarios. Los modelos arquitectónicos se repiten, junto con los mismos tipos de distribución que se multiplicaron en todos los lugares del imperio donde cumplieron un rol militar y político importante. “Así el principal santuario del Cusco, es reproducido en menor escala de tamaño y de lujo en las diferentes provincias del Tahuantinsuyo” (Velarde, 1978, p.69).

La arquitectura incaica, lejos de ser improvisada o fruto de una fantasía inmediata, revela un carácter pausado y meditado. Aunque se dispone de registros de proyectos previos, se presume una cuidadosa planificación, quizás mediante maquetas o esquemas rudimentarios, que evidencia un genio atento a cada pliegue del terreno y a las formas heredades. Este espíritu previsor y austero se expresa tanto en los santuarios pétreos como en las obras de adobe, desde los recintos de Pachacútec en Cusco hasta las vastas extensiones de Tambo Colorado, Cajamarquilla y el grandioso Puruchuco, donde siempre la masa, la tierra y el sol configuran una arquitectura serena y simbólica, hecha de naturaleza modelada y memoria ritual.

La llegada de los españoles fue el inicio del fin del imperio Inca. El primer encuentro fue de incomprensión. Los españoles, con cruz y espada, arrasaron templos y ciudades para imponer su fe y corona. Los incas, viendo en ellos una fuerza imparable, cedieron. Aunque el imperio incaico cayó, siempre bajo los templos hispanos respiran los monolitos antiguos, sosteniendo en silencio la memoria de un mundo vencido pero intacto.

“Sublevaciones posteriores indígenas en el curso de la estabilización de la Colonia no llegaron a tener mayor influencia en la evolución lenta y segura de la arquitectura virreinal” (Velarde, 1978, p.107)


Puruchuco

El Palacio de Puruchuco no se defendía con armas ni estructuras militares, sino con la sacralidad de sus rituales, ocupantes y vida interior oculta tras altos muros. Además de poseer un ritmo incesante, y lleno de proporciones casi áureas, es uno de los puntos concretos que se analizan ya que aparentemente sirvió como base para el desarrollo de la arquitectura de Barclay & Crousse.

Se menciona y resume de manera precisa, la investigación arquitectónica Puruchuco por el arquitecto Roberto Wakeham, en el libro de Roberto Fernandez, llamado El laboratorio americano, donde menciona que, el denominado Palacio de Puruchuco, completamente construido en adobe, actualmente reconstruido y ubicado dentro del trazado urbano de Lima, fue objeto de un análisis sobre sus criterios de trazo realizado por R. Wakeham.

Este estudio revela no tanto una intención ornamental, ya que carece de decoración añadida, sino por el contrario, la aplicación de motivos geométrico-astronómicos, característicos de los espacios abiertos andinos, que en este caso se aplican a un edificio privado de carácter nobiliario y señorial. Puruchuco, probablemente residencia de un cacique local, funcionó como vivienda, centro administrativo, depósito de granos y corral de animales, y habría sido construido en el siglo XIV. Su planta adopta la forma de un rectángulo de proporción áurea, basado en la relación 1/φ = 1,618034, con una de sus diagonales alineada con la traza astronómica este-oeste.

Una compleja disposición de rectángulos áureos menores e inscritos, organizada siguiendo la serie de Fibonacci, resuelve la distribución interna del conjunto, proponiendo un recorrido helicoidal a través de sus patios y recintos. El riguroso control geométrico de su composición permite mantener la proporcionalidad de todas sus partes, articuladas mediante elementos ortogonales. Esta notable abstracción y pureza formal no solo recupera procedimientos considerados clásicos y característicos del Renacimiento, sino que también evoca una tendencia minimalista e introspectiva para resolver arquitecturas interiores, en las que predomina el espacio abierto y ortogonal.

(Fernández, 1998, p.163 - p.164)

En las mismas palabras de Roberto Wakeham, profesor, investigador y arquitecto del libro de Puruchuco investigación arquitectónica comenta que e
l palacio de Puruchuco, nombre impropio que, sin embargo, se usa por no encontrar otro mejor, desde el exterior da sensación de hermetismo. Comunicado con el exterior sólo por medio de una estrecha y parcialmente oculta abertura, el visitante siente la presencia de guardias y custodios. Esta impresión inicial es parcialmente cierta, ya que, si es verdad que sus altos muros lo protegen de intrusos y extraños, estos no son adecuados para la defensa de un ataque guerrero. Rodeado por dos de sus flancos por altas y rocosas montañas que son verdaderos arsenales de proyectiles, debió confiar su defensa al conjunto de poblados de los alrededores más que a sus posibles guardias; además, su edificación no tiene atalayas u otros elementos arquitectónicos apropiados para su defensa desde el interior.(Wakeham, 1976, p.6)

Su defensa debió ser espiritual, religiosa, y su mejor instrumento contra la invasión extraña, la sacralidad de sus ocupantes, sus ritos y objetos de culto. La altura de sus muros perimetrales sirvió, sin duda, para el ocultamiento de una vida interior plena de misterio, ritos y sagradas ceremonias. (Wakeham, 1976, p.7)


Periodo colonial
Se concuerda con Héctor Velarde al apreciar que una arquitectura colonial peruana no existe como tal, debido a la inmensa variedad de diferencias en las diversas zonas del Perú; y sin entrar a profundizar en las particularidades de cada uno de estos centros el Virreinato en sus primeros años, es decir en poco más de la primera década de la Conquista, es decir entre los años 1532 y 1543 aparece un periodo plateresco con tintes góticos y clásicos, podría llamarse como Velarde comenta “Renacentista” (Velarde, 1978, p.111).

Luego en los inicios del siglo XVII y a finales del siglo XVIII, en la que aparentemente influenciada por un rococó y luego un neoclasicismo, es que una época “Barroca” (Velarde, 1978, p.111) aparece, y es sorprendente la abundancia de la arquitectura barroca y la rapidez con la que se multiplicó en la cultura conquistada, “¿Hubiera tenido igual éxito una arquitectura importada de tipo greco-romano, gótica o renacentista? No parece posible, eran fórmulas demasiado rígidas, precisas, rigurosas, racionalistas o de muy sabias estructuras. El indigena hubiera rechazado esas recetas.

El arte barroco, en cambio, no le fue extraño.” (Velarde, 1980, p.10). El barroco, con su voracidad generosa, supo absorber las expresiones indígenas como un cuerpo vivo que se deja permear por otras tierras y cielos, en el Perú colonial se transformó, adoptó matices propios en ciudades como Arequipa, Ayacucho, Cusco, Lima o Trujillo, Fue un lenguaje abierto, dispuesto a integrar formas y colores foráneos, que aquí encontró ecos autóctonos, mutando en versiones locales, incluso a veces hasta en rincones remotos y casi olvidados. Este periodo muta a un periodo “neoclásico” (Velarde, 1978, p.111) que luego varios años más tarde se ve enfrentada a una arquitectura moderna. Recalcar que los materiales, utilizados en la arquitectura colonial se mantuvieron según los que se usaban según las regiones, en la época prehispánica. Piedra en los andes y adobe en la costa. Mientras que las técnicas y procedimientos pasaron por un proceso de simbiosis.