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Una verdad oculta

De una reflexión académica a un relato poético. Usando la metáfora de la película Avatar, este breve ensayo literario explora el choque histórico entre la codicia colonizadora y la profunda conexión de los pueblos originarios con la tierra.

Flavio Alvarez Tahays

4/6/20263 min leer

En una de las primeras clases del Taller de Investigación, curso que sin saberlo entonces, terminaría por convertirse en el origen del libro "Cascarón Sofisticado por Flavio Alvarez" y en esta serie de artículos de la presente web, Wiley Ludeña compartió, como habitualmente suele hacerlo, una reflexión que llamó mi atención. Hablaba de cómo cierta película contemporánea, Avatar, parecía representar de forma velada episodios de nuestra historia: los incas y los pueblos originarios como los “monos azules”, y los conquistadores españoles como los humanos en busca de minerales, saqueadores de un mundo que no comprendían, pero ambicionaban.

Aquella imagen, planteada en medio de una reflexión global sobre las tensiones entre modernidad, cultura, tradiciones y poder, no fue una mera anécdota de clase. Como suele ocurrir en las sesiones de Wiley, las ideas flotan, se filtran y, con suerte, se alojan en algún rincón de nuestra conciencia, las cuales se suelen ir acumulando convirtiéndose en convulsionantes que avivan desmesuradas pasiones.

Anécdotas como esta no solo avivan la creatividad en quienes las escuchamos, sino que son detonantes que, indirectamente, marcan rutas de investigación y mantienen viva la capacidad de asombro y cuestionamiento. Esta historia, que comparto a continuación, es un ejemplo de cómo desde un comentario fugaz puede nacer una inquietud, y desde una inquietud, literatura que busca verbalizar emociones que solo la arquitectura en todas sus facetas puede producir.

Una verdad oculta.

Aveces sueño y pienso que Avatar no fue una película, sino un espejo que alguien dejó encendido en medio de la noche para que viéramos, sin querer queriendo, lo que habíamos hecho siglos atrás. Que esos cuerpos azules, de ojos inmensos como lagos de infancia, no eran otra cosa que los rostros que el polvo y la pólvora arrancaron de estas tierras, allá cuando los barcos llegaron, llenos de cruz, de acero y de codicia , codicia que brillaba más que el mismo sol. Porque no sé si alguna vez lo contaron en serio, pero aquí también hubieron niños que aprendían a hablar con cánticos, lenguas que no se escribían en piedra sino en la piel del viento, que decían el nombre de cada árbol, de cada animal, de cada quebrada, y al decirlo, lo sostenían vivo. Palabras que no se ven pero que sostienen toda la tierra.

Y llegó la fiebre dorada, esa enfermedad de ojos codiciosos que hace que todo se vuelva recurso, mina, hectárea, botín. Vinieron a buscar el oro como en Pandora el unobtainium, palabra ridícula, como ridículo es pretender que la tierra es mercancía.

Quemaron templos, borraron nombres, pusieron cruces donde antes habían dioses, dioses que olían a lluvia, sol y montañas. El paisaje cultural fue mutilado, los relatos rotos como páginas arrancadas de un libro que nunca terminaríamos de entender.

La verdadera historia terminó en colonización, sí, y en el silencio impuesto como una losa sobre los cánticos.

Pero, y aquí está la grieta por donde todavía se cuela la luz, quizás en algún futuro lejano, cuando los nietos de los colonos y los fantasmas de los pueblos antiguos se cansen de vivir de espaldas, habrán híbridos. No azules, no de cola luminosa, sino de piel de memoria y sangre de tierra. Hijos de ambas vergüenzas, de ambas resistencias. Esos buscarán, en los cantos viejos que aún resisten en los susurros de los abuelos, las palabras olvidadas. Reescribirán los nombres de las montañas, harán danzar otra vez a los ríos con sus nombres de antes, plantarán árboles con nombre propio y en lugar de unobtainium buscarán sabiduría; esa palabra vieja y terrosa que no reluce pero que sostiene.

No hay que pasarlo, no. Porque la colonización no fue una anécdota, sino una cicatriz que todavía rezuma. Y como en Avatar, quizás algún día alguien vuelva a mirar al cielo, y en vez de ver estrellas muertas, vea los ojos de sus ancestros esperando.