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De la necesidad al espíritu: ¿Qué es arquitectura?

Acompañados por las reflexiones de Le Corbusier, Marx, Kahn, Vitruvio y Ludeña, en este artículo analizamos la profunda diferencia entre construir por necesidad biológica y crear desde la libertad consciente.

Flavio Alvarez Tahays

4/15/20269 min leer

El hombre desde sus orígenes ha manifestado una pulsión ineludible, la cual se delimita en transformar y organizar su entorno. Esta acción no responde únicamente a necesidades prácticas, sino pareciera ser a una disposición orgánica inscrita en su condición vital. El hombre, como organismo vivo, no solo habita, sino que dispone, mide y ordena, estableciendo ritmos y relaciones espaciales que se inscriben en un orden perceptible.

Le Corbusier en su libro “Hacia una arquitectura” en el capítulo de “Templo Primitivo” sugiere que esta tendencia responde a una fatalidad biológica, donde el hombre en todas su facetas, desde sus orígenes, traza de manera instintiva formas geométricas al momento de buscar generar un orden, por lo que la geometría en ese sentido, no es un conocimiento adquirido, sino un lenguaje naturalmente heredado, mediante el cual el hombre reconoce y organiza el mundo que lo rodea, y es en ese acto que satisface una necesidad tanto material como simbólica.

Al imponer el hombre una medida, ya sea un pulgar, un pie, un codo o cual fuese la medida dispuesta, establece un módulo que regula su obra, ajustándose a su escala, su conveniencia y su percepción. Así es como el hombre empieza a tomar decisiones conscientes de la disposición de espacios, no como un ejercicio libre de invención sino como respuesta a una lógica y orden geométrico que le permite crear sentido y pertenencia.

Toda desviación de aquel orden produce sensaciones de arbitrariedad y es por ello que la geometría se presenta como el lenguaje primigenio con el que el ser humano estructura su existencia, incluso antes de conceptualizarla. Es en esta necesidad orgánica de ordenar y dar forma donde se inscriben las primeras manifestaciones de su naturaleza creadora. “¿La mayoría de los arquitectos no han olvidado hoy que la gran arquitectura se encuentra en los mismos orígenes de la humanidad y que está en función directa de los instintos humanos?” (Le Corbusier, 1998, p. 55). La geometría es el lenguaje del hombre y la geometría que trasciende es dada por un hombre arquitecto, por un hombre creador.


Cabe preguntarse, ¿es el hombre entonces el único que hace arquitectura? o los animales, con un castor haciendo una represa, un pájaro haciendo un nido o una hormigas con su hormiguero ¿también son ellos los que hacen arquitectura?

Los animales construyen, sí. El castor hace su represa, el ave su nido, la hormiga su hormiguero, las abejas sus panales. y muchas de estas construcciones admirables y bellas Pero no hacen arquitectura. Lo que producen responde a una necesidad inmediata, física, sin mediación consciente; no hay pregunta, no hay duda, no hay posibilidad. Son uno con su hacer, uno con su función. Su actividad vital no se les presenta como objeto. En cambio, nosotros los humanos, nos separamos de nuestra actividad vital: la miramos, la pensamos, la elegimos. Marx reconoce que vivimos de los productos naturales, como la vivienda, la calefacción, la alimentación, el vestido, y que hacemos de toda la naturaleza nuestro cuerpo inorgánico.

La naturaleza es nuestro medio de subsistencia inmediato, pero también es la materia, el objeto y el instrumento de nuestra actividad vital. Y la actividad vital, como bien dice Marx, es nuestra esencia. En sentido concreto, es aquello que hacemos para estar vivos, pero a diferencia del animal, nosotros no la ejecutamos de forma automática: la conciencia media nuestra relación con el hacer. Por eso somos los únicos seres vivos en tener el don, o quizás la condena sublime, de la arquitectura.

Completando las ideas de Marx de sus manuscritos económicos y filosóficos de 1844, abstraídas a la arquitectura, nuestra actividad vital es consciente y, por tanto, libre. Esta libertad es la marca de nuestra humanidad: somos seres genéricos porque nuestra vida como tal se vuelve objeto de nuestra conciencia. Nuestra esencia no está clausurada; se despliega. Por eso trabajamos no sólo para sobrevivir, sino para expresar nuestra consciencia. Nosotros, a diferencia de cualquier animal, producimos universalmente, y sólo producimos verdaderamente cuando somos libres de la necesidad. El trabajo, en su sentido más hondo, es la objetivación de la vida genérica, es decir que ponemos nuestro ser en aquello que hacemos y lo arrojamos al mundo, es decir que podemos proyectar nuestra consciencia en objetos inertes y además podemos compartirla y puede ser esta apreciada por otros seres humanos. Así, la arquitectura no es apenas construcción. Es la manifestación sensible de una actividad consciente, libre, sin necesidad física que la obligue.

Somos seres genéricos como diría Marx, cuando a tomamos la decisión consciente de ponerle más o menos picante a nuestro ceviche, cuando decidimos hacer una pintura por placer, cuando bailamos con nuestros propios pasos de baile, cuando componemos música o hacemos teatro, de la misma forma cuando proyectamos nuestra arquitectura. Es la objetivación material de un espíritu que sabe que está haciendo mundo. Por eso, no: no basta construir para hacer arquitectura.

Retomando a la geometría como el lenguaje natural del ser humano y que es la arquitectura característica inseparable del hombre, precisamos que el arquitecto o el hombre creador es siempre más grande que la obra finalizada, porque el solo hecho de recurrir a medios mensurables como la forma y el diseño es un acto de privación de todas las aspiraciones que el hombre creador puede realmente realizar. Para el hombre creador, el primer trazo de lápiz sobre el papel puede considerarse una autorepresión de su propio genio creativo, y sin embargo, es a través de esa limitación voluntaria que su obra comienza a existir, siendo así la arquitectura como el reflejo de una voluntad del hombre.

Como escribía Kahn en su libro “Forma y Diseño”, en el cual la forma es el "qué" y el diseño es el "cómo", donde la “forma” es impersonal mientras que el “diseño” es propiedad del diseñador. Diseñar es un acto circunstancial, es decir que el diseño depende del dinero de que se disponga, del sitio, del cliente, de la capacitación, mientras que la forma nada tiene que ver con aquellas condiciones circunstanciales. Englobando este aparente juego de palabras entre diseño y forma, el “diseño” es el que resuelve ciertas necesidades concretas, mientras que la “forma” es la que debe expresar la necesidad totalizante de la obra.

Únicamente es el hombre creador quien puede descifrar la “voluntad” del edificio verbalizada en “forma”. Abstrayendo el pensamiento de Kahn, cuando el hombre creador tiene la sensibilidad que trasciende la sacralidad, entendiendo esta sacralidad como vivencia esencial de lo sagrado y pensamiento, este hombre es conducido a filosofar y es ahí cuando la filosofía apertura el camino, del hombre creador, a la comprensión.

La comprensión de la voluntad de ser de la obra.


Ese “orden”, de pasos que van desde trascender en lo sacro hasta la comprensión para alcanzar a descifrar la voluntad, habita en la psique, en lo profundo de cada ser humano, en su parte más intuitiva y emocional, es un conocimiento que uno no aprende en libros o un salón de clases ya que estos solo pueden mostrar lo que vemos o entendemos de forma concreta, no pueden explicar del todo lo que es abstracto, lo que no se puede tocar ni ver.

Esa sensibilidad interna que uno solo puede desarrollar según lo predispuesto que diversas circunstancias de vida le hayan permitido a cada ser humano desarrollar es ese el orden. Es el hombre creador quien dispone del orden a placer, esa persona capaz de sentir y comprender más allá de lo evidente, es quien puede transformar esa idea invisible en algo real, como una canción, un invento o un edificio; donde todo eso germina en ese etéreo que se percibe antes incluso de pensar; traduciéndose nuevamente, siempre que esta acción ineludiblemente esté cargada de comprensión, en la voluntad del proyecto a desarrollar.

Recapitulando entonces, cabe preguntarse si es que acaso existe una sola forma posible. La forma, en su carácter impersonal y esencial, estará siempre dispuesta a revelarse de la mano del hombre creador que es modulada por su capacidad de comprender el orden primigenio del que surge. Esta forma puede y debe variar según la mano y la sensibilidad de quien la materialice, más es probable que, cuando creadores dotados de una sensibilidad mayor, aquellos que han logrado acceder a esa comprensión sacral y abstracta se enfrentan a resolver la forma para un mismo propósito, los caminos terminen casi en encontrarse, ya sea en un casi mismo resultado o en resonancias similares. Quizás sea el diseño, esa manifestación heredera del tiempo y del contexto circunstancial, quien marque las diferencias perceptibles, sin alterar la raíz de esa forma que, en esencia, obedece a una necesidad totalizante.

Estas consignas, de forma, diseño, voluntad y orden, en medida de la agudeza en la que se desarrollan son las que al hombre creador lo distinguen como “arquitecto del mero diseñador.” (Kahn, 1984, p. 10) ¿Es entonces el hombre creador el que hace arquitectura o es únicamente un arquitecto que está además acompañado por práctica y teoría el que puede y hace arquitectura?. En el libro de Joáo Rodolfo Stroeter titulado Arquitectura y Forma, en el capítulo de Teoría de la Arquitectura, menciona citando a Vitruvio que:

“La arquitectura (…) es aquella ciencia que se adquiere por la práctica y por la teoría. Donde la práctica es el ejercicio constante y frecuente de la experimentación, realizada con las manos a partir de materiales de cualquier género, necesaria para la consecución de un plano. Y por otro lado la teoría, es lo que permite explicar y demostrar por medio de la relación entre las partes, las cosas realizadas por el ingenio. (...) De ese modo, los arquitectos formados sin instrucción, ejercitados apenas con las manos, no pudieron hacerlo completamente, de manera que asumieron la responsabilidad de las obras; a su vez, aquellos que confiaron únicamente en la teoría y en las letras, parecen seguir una sombra, no una cosa. (...) la arquitectura requiere, además de habilidad técnica, conocimientos acerca de la práctica apoyados en principios racionales traducibles en un metalenguaje verbal. Destacando la necesidad de la teoría.” (Stroeter, 2005, p. 35)

Si se tomara como una verdad absoluta la premisa vitruviana sobre la concepción de la arquitectura como una disciplina dual, compuesta inseparablemente de práctica y teoría, podríamos, indiscutiblemente asumir que Vitruvio descarta como arquitectura todo lo construído por un hombre creador así este pueda entender como ningún “arquitecto Vitruviano” el orden y voluntad de todo proyecto que se le presentase.

La pregunta del “cómo” en arquitectura, reside en la dimensión subjetiva de cada individuo, el espacio de la libertad y de ese irrenunciable acto por esencia irracional al acto de crear y soñar nuevas realidades, como comenta Wiley Ludeña. La arquitectura, lejos de ser una categoría eterna, inmutable y universal, como los dogmas que suelen repetirse sin pensarlos, son “una categoría que tiene historia, que surge en una sociedad concreta y posee fronteras sociales y culturales definidas.” (Ludeña Urquizo, 2001, p.19).

Vitruvio no solo propuso rejas, fundó una tradición disciplinar que pretendió encerrar bajo su alero el vasto y complejo universo del hecho edilicio, estableciendo qué debía considerarse arquitectura y qué no. Así se instauró una alienación que podría seguir operando, o acaso un hombre que no puede caminar, automáticamente tiene menor valor como hombre del que sí, o es acaso que deja de ser arquitectura las viviendas construidas en las laderas de los cerros limeños, donde familia, con recursos escasos, levantaron hogares que son testimonio de la dignidad y la voluntad de existir, es allí como sugiere Ludeña, donde lo arquitectónico resiste las categorías impuestas y reclama su legitimidad desde la experiencia vital.

Siendo así, arquitectura es todo aquello erigido por un hombre creador, independientemente de cuánto saber teórico, destreza práctica o sensibilidad consciente lo acompañe, pues ineludiblemente algo de ello habita ya en su naturaleza. Porque allí donde una idea se atreve a tomar forma y delimitar vacío, donde la voluntad humana ordena el caos en busca de sentido, surge la arquitectura. No como la sumisión a cánones, legitimaciones o dogmas, sino como el testimonio diáfano de una pulsión ancestral que es la de hacer del espacio un reflejo tangible de su espíritu. Arquitectura es, entonces, la huella del hombre en la materia, el eco de su imaginación y la manifestación inevitable de su voluntad de habitar, disponer y trascender.

BIBLIOGRAFÍA


  • Kahn, L. I. (1984). Forma y diseño. Nueva Visión.

  • Karl, Marx. (1844). Manuscritos económicos y filosóficos de 1844.

  • Le Corbusier. (1998). Hacia una arquitectura (J. Martínez Alinari, Trans.). Apóstrofe, Ediciones, S.L.

  • Ludeña Urquizo, W. (2001). Arquitectura: repensando a Vitruvio y la tradición occidental. Universidad Nacional de Ingeniería, Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes, Instituto de Investigaciones.

  • Stroeter, J. R. (2005). Arquitectura y Forma. Trillas.